13 razones de lo mismo

Una mirada crítica de la segunda temporada de la serie norteamericana "13 Reasons Why". "Con una fachada progresista, Netflix nos vende una serie que no hace más que reproducir, crudamente, los estereotipos más violentos con los cuales intentamos luchar y derribar desde el movimiento feminista".

Tras una primera temporada rotundamente exitosa, con una lógica feroz y salvaje del mercado donde el consumo masivo es la única variable que importa, la segunda temporada de 13 reasons why vuelve con una narrativa pobre para lograr estirar la historia de Hannah Baker hasta el ridículo y el hartazgo.

Con una fachada progresista, Netflix nos vende una serie que no hace más que reproducir, crudamente, los estereotipos más violentos con los cuales intentamos luchar y derribar desde el movimiento feminista. Y la peor parte: está dirigida a tratar temas sensibles como el bullying, el suicidio, el abuso sexual y el acoso en la secundaria, por ende, el consumo de este producto está enfocado en niñas/os y adolescentes.

¿Se olvidan que lxs niñxs y adolescentes están en proceso de desarrollo de su socialización y lo que ven en la televisión no es mero consumo pasivo sino que es activo, que enseña? ¿Nos vamos a conformar por el simple hecho de que rozan ciertas temáticas “tabúes” e ignorar la falta de perspectiva de género en toda la serie? La angustia que nos deja en el pecho esta serie cuando la terminamos es la ausencia de contenido detrás de toda la violencia explícita que nos muestra.

Denunciamos los estereotipos violentos

Lo primero que podemos ver en la serie es la severa falta de un cupo femenino en el elenco, algo que se debate en los lugares de poder, y falta en la televisión y en los medios audiovisuales, aquellos que forman la opinión colectiva. A lo largo de la serie aparecen 36 personajes de los cuales sólo 12 son mujeres, es decir un 33% del total.

Y al analizar los principales, aquellos que poseen una cinta y los padres de Hannah, suman un total de 13 personajes donde sólo 4 son mujeres, es decir, el porcentaje disminuye a un 30%. ¿Qué voz y representación tiene entonces la serie sobre la mujer y las violencias que sufre si la mayoría de los portavoces son varones?

La primera temporada juega un ida y vuelta entre la voz de Hannah y el resto, mientras que en la segunda, será la voz de los personajes citados a declarar y el desdoblamiento de Clay, quien es protagonista y, a la vez, en una suerte de esquizofrenia, ve el fantasma de Hannah y discute con ella, le grita, lo vuelve a violentar hasta las lágrimas. La voz de Hannah no está, nos falta y su testimonio es inenarrable.

La serie cae constantemente en estereotipos violentos donde la mujer es víctima pasiva de los varones y estos, en grupo, se organizan para “salvarlas”, sin embargo, no dejan de revictimazarlas y usar sus historias de abusos sin el consentimiento de ellas. Incluso Clay, nuestro ejemplar machirulo con careta de aliado, difunde los casetes que grabó Hannah sin la aprobación de Jess, difunde su historia sin permiso y ella se lo desayuna al llegar al colegio. Un mensaje de texto para preguntarle no costaba nada pero su prioridad es “vengar a Hannah” y con este fin, se lleva a todxs puestos.

Otros estereotipos violentos de los cuales no queremos dejar de mencionar: el mexicano violento, el drogadicto y el varón que toma las armas para ir al colegio. Tony Padilla, el latino de la serie, es violento, escapa de la policía, y no posee control sobre su ira, menos aun cuando le dicen “marica” porque ofenden su masculinidad.

Justin Foley, desamparado porque su madre prioriza a los novios violentos y a las drogas, un personaje que dos veces le roba el dinero y, en la segunda, con la advertencia explícita de la madre de que si lo hace, Seth, el novio, la va a matar.

Hacia el final no la encuentran para que liberen a su hijo de la prisión preventiva, ¿casualidad o estamos ante un femicidio? Lejos de concientizar sobre la prevención de las drogas, este personaje muestra algo poco (diría nunca) visto en la televisión y es cómo inyectarse heroína en un lugar no visible para que el resto no sepa.

Por último, Tyler, quien nos había dejado intrigadxs con la posesión extravagante de armas en la primera temporada, finaliza la segunda con un intento de atacar a lxs estudiantes en el baile de primavera. Lejos de problematizar sobre el rápido acceso que tienen las personas para adquirir armas en los EEUU, en ambas temporadas, esta temática es retomada hacia el final sólo para generar intriga y quedarte con ganas de más.

Una amenaza que atenta contra la integridad de las personas y, en especial, de lxs niñxs y adolescentes en este país, pues constantemente hay nuevos casos de disparos en las escuelas, no es tomada con la seriedad que se merece, sino con el mero fin de captar la atención del público para que siga consumiendo la serie.

Retomando la construcción de los personajes masculinos: estos son los que se reúnen para conseguir las polaroids, chantajean, son los que se cagan a trompadas, los que buscan revancha en el colegio, hacen graffitis, pintadas, prenden fuego el césped y persiguen a aquellas personas que buscan decir la verdad.

Todo en pos de defender cierto “honor femenino” -concepto del siglo XIX- arrebatado por Bryce Walker, el violador, quien de manera recurrente es tratado de “enfermo” y “monstruo” por las violaciones cuando no es más que el estereotipo hegemónico machista, lo que las feministas diríamos: un hijo sano del patriarcado. Un varón blanco, cisgénero, heterosexual, adinerado, que alardea por los pasillos de la secundaria cómo trata y usa a las mujeres para relacionarse con otros varones.

Es el que inicia el infierno de Hannah al enviar la foto en el tobogán donde se le ve la bombacha a todo el colegio. Lejos de ser un monstruo, es el síntoma de las violencias machistas que inculcan la cosificación de las mujeres para ser consumidas como un producto del cual los varones tienen derecho a poseer donde, cuando y como quieran.

La cultura de la violación, ¿hasta cuándo?

Una temática que se repite en todo producto a consumir es su sexualización. Vemos mujeres desnudas para vender un celular o una cerveza, y de este esquema no se escapa la serie en cuestión. Sin embargo, duplica la apuesta: el sexo y la violación están íntimamente relacionados.

La primera vez de Hannah replica un estereotipo que es completamente falso: que la primera relación sexual debe doler y sangrar. Sin embargo, esto es un mito, sólo sucede si una no está lo suficientemente excitada, porque no hay ni lubricación ni dilatación vaginal. ¡Basta de fomentar a las niñas y las adolescentes que la primera vez debe adolecer! Esto no sucede si hay deseo y excitación.

Otro caso similar que confunde violación con sexo consentido y deseado, es Chloe, la novia de Bryce, quien “accede” a tener relación con él luego de varias negativas. Si el varón insiste hasta el hartazgo, es porque no entiende que el no es NO, por ende, es abuso. Ni mencionar la violencia con la cual Bryce ejerce su sexualidad puesto que para él, no hay goce, sólo se trata de dominar al sexo opuesto.

En segundo lugar, hay una escena que es completamente innecesaria y que sólo demuestra el morbo que guía a los creadores de esta producción: se trata del empalamiento a Tyler. Un personaje que trabaja sobre su autoestima, sobre sus amistades y su propio comportamiento y logra mejorar, insertarse en la sociedad para dejar de ser un marginado. ¿La respuesta? Disciplinamiento por parte de tres varones que desahogan su violencia con una penetración.

La serie difunde como arma del varón la capacidad de violar y no a cualquier sujeto, sino a las mujeres o varones más débiles como es el caso de Tyler. Es grave el agregado de esta escena, pues la romantizan, como si luego de un empalamiento la persona pudiera irse caminando sola a su casa, guardar silencio y ocuparse de su recuperación.

Esta figura legal del empalamiento tiene nombre y apellido en Argentina: Lucía Pérez. Una adolescente de 16 años que mataron producto de esta tortura, que le destrozó el cuerpo por dentro. Luego de que se hizo público su caso, aparecieron varios más, en una suerte de réplica. ¿Cuál es el propósito de este acontecimiento? ¿Por qué a un personaje que lo único que hizo fue mejorar en cada capítulo? Y siempre se lleva el peor castigo. ¡Qué mensaje esperanzador!

Así como los audios de Hannah constituyen la trama de la primera temporada, en la segunda será el juicio contra la institución escolar lo que determine y complete su historia. Sin embargo, nos encontramos con que no había tantos agujeros por llenar y esto terminó por inventar nuevos juicios de valor e incriminar a la adolescente durante trece horas, lo que duran todos los capítulos juntos.

Desde el principio, lo que se trae en el juicio es que Hannah Baker es una puta y, por lo tanto, una “chica problemática”. Este será el argumento que sostendrá la defensa del colegio durante todos los capítulos, intentar demostrar que su sexualidad activa fue el motivo de todos los males hasta culminar con su vida.

No sólo será juzgada en el recinto sino que por fuera, sobretodo Clay, tomará las declaraciones en términos personales y pondrá en duda todo el discurso de Hannah priorizando la voz de los hombres en el juicio, que cuentan el lado B de la historia.

Las declaraciones de Zach, Marcus, Bryce, Alex, Justin, enloquecen a Clay porque da cuenta que no fue el único hombre en su vida y, además, no fue el que más lejos llegó, no pudo poseerla como los demás lo hicieron. Llega a poner en duda la violación producto del testimonio, completamente falso, de Bryce: porque es más inmediato adoptar la voz de los varones como la única voz de la verdad que contrarrestarla con la vivencia de las mujeres.

Hacia el final, en el funeral, justifican la violencia machista y posesiva que ejerce Clay sobre Hannah, en una simple ira por haberse suicidado dejando lazos inconclusos y un profundo vacío en la vida de todxs, es decir, no recapacita sobre el lugar común de incriminar a la víctima por todo lo que le sucedió, silenciando y borrando al victimario de la escena.

Durante el juicio, lo que se descubre es que Hannah exploraba su sexualidad, sea sacándose fotos en corpiño, besando mujeres, besando amigos, confiándole su primera relación sexual a Zach y hasta gozando de estos encuentros. Sin embargo, este descubrimiento no sirve más que para atacarla, condenarla y humillarla frente a todo el colegio, para replicar un estereotipo de “chica problemática” que un poco se la buscaba por todas sus insinuaciones.

El juicio de Hannah no es más que el juicio a la sexualidad de todas las mujeres y gana la sociedad machista y sus instituciones, como la educativa, que no hacen más que desproteger a las estudiantes y ejercer poder y control sobre sus sexualidades. Porque Bryce alardea contento de sus conquistas por los pasillos, pero Hannah debe agachar la cabeza una vez que se difunde una foto donde se le ve la bombacha por todos los whatsapps de Liberty High School.

La serie, lejos de fomentar la justicia y que hay otro camino posible, replica la vieja y conocida idea de que no importa cuánto hablemos y denunciemos: el violador, Bryce, se sale con la suya, obtiene libertad condicional, lo trasladan a otro colegio donde pueden empezar de cero y, luego de cumplir su condena, volverá a abusar. Porque volverá a hacerlo, no hay duda.

¿Será que después de obtener masividad de audiencia con la primera temporada, lo aprovecharon para reenviar, nuevamente, el mensaje disciplinador machista a la sociedad? Si lo que vemos en la corte, cuando todas las mujeres de la serie declaran haber sido violentadas sexualmente, es que a todas les pasa, si este mensaje no tiene un contenido, un trasfondo que las ampare y contenga, es simplemente la afirmación de que toda mujer puede ser violada.

No alcanza con eso, debemos ir un paso más allá: a la organización de mujeres, a que sus voces valen, que sus deseos importan, que atrás de una violación hay un hombre que la perpetúa, dejar de culpabilizar a la víctima, separar el poder del sexo, dejar de educar por todos los medios masivos la cultura del abuso y la violación y reivindicar el derecho al goce.

Queremos la soberanía sobre nuestros cuerpos, nuestros deseos porque llegamos para quedarnos y no pensamos ceder ni negociar nuestros términos. Queremos construir diferentes roles protagónicos en las historias. Necesitamos un modelo de mujer distinto, que lucha contra todas estas temáticas y venza: porque el feminismo y el movimiento de mujeres está ganando las calles por todo el mundo y en Argentina tienen un rol protagónico en la coyuntura política a nivel nacional, y las heroínas de la televisión deben estar a la altura.