Para la Organización Mundial de la Salud, el TOC (trastorno obsesivo compulsivo) es una de las 20 enfermedades más discapacitantes y uno de los 5 padecimientos psiquiátricos que se presentan con mayor frecuencia.

Cuando le diagnosticaron TOC a mi hermana quedé perpleja, no sabia de que se trataba y como ayudarla. Jamás presté atención a sus rituales, pensé que era obsesiva del orden, demasiada prolijidad, tan difícil de entender para mi caos mental.

Cuando me interiorizo de sus padecimientos descubrí que su cerebro además de brillante era rebelde, la desafiaba a una batalla continua y diaria haciéndole creer que todo la contamina, la enferma. Lavando sus manos y sus angustias con agua que alivia pero que no calma, así pasa sus días tratando de sobrellevar su patología.

Hay momentos en que pensamientos intrusivos la acorralan, le oprimen el pecho, la agotan sin pedir permiso. La ansiedad la saca de su eje y flotando en el limbo del “no sé que hacer” llora, parece que se va a quebrar pero es tan fuerte, tan valiente que enfrenta sus miedos y logra pequeños triunfos aunque ella muchas veces no se da cuenta lo valioso de sus pasos andados.

Cuando me habló de su TOC solo atine a acercarme y descubrí una terapia alternativa y complementaria a la que los médicos le recetaron: El abrazo fraterno, sincero de quien te quiere sin vueltas y sin condicionamientos.

Sé que hay días que sus síntomas le pesan como 20 cruces en su huesuda espalda pero también sé que ella es consciente de que hay una luz que se cuela entre las heridas que le quedaron de tanto batallar, esa luz necesaria para recuperar la libertad de sus pensamientos, de su alma.

Ademas de los que no entienden y juzgan hay que soportar a los poderosos de siempre, aquellos quienes manejan los hilos de la salud mental, junto a sus precarios presupuestos ajustados que quieren condenarla a la nada misma, nadie quiere ocuparse seriamente de lo padecientes psiquiátricos. Los prefieren entes. Desearían que no existieran.

Es difícil soportar las habladurías de los que no saben. Que opinen, comenten sin calzarse sus zapatos que aprietan hasta impedirle caminar sus sueños.

Cuando me habló de su pesar decidí acompañarla porque creo profundamente que todos somos espejos y reflejamos destellos de lo que seremos si la empatía es el estandarte en nuestros días y cuando el dedo acusador se transforma en una mano que ayuda a levantarse a quien cae.