Navegué durante una semana por el Río Amazonas para salir de Brasil y entrar en el país del café y las arepas. Al bajar del barco, mi presión arterial también lo hizo. Caminé incontables cuadras, siempre con mi mochila a cuestas, entre el calor que me sofocaba y la poca comida que había ingerido esa mañana. Llegué a Letizia, el pueblo desde donde volaría hacia la ciudad de Pasto, en el departamento de Nariño. Mi presión continuaba en baja cuando entré al aeropuerto, me acerqué a un puesto para obtener mi pasaje y caí de espaldas al suelo, perdiendo el vuelo y la conciencia. El primer día en Colombia era un verdadero desastre. Lo único que me reanimó fueron las cervezas que disfruté al despertarme.