A principio del mes de marzo un virus, ya conocido en Europa y Asia, desembarca en Argentina dando sus primeros coletazos, andando con sus primeros pasos en este camino que hoy ya lleva 120 días de confinamiento.

El virus no solo nos llenó de incertidumbre sobre nuestro futuro inmediato sino que nos arrancó de los brazos de aquellos seres queridos que de repente pasaron a estar más lejos que nunca y nos obligó a estar más cerca de nuestro interior, de nuestras luces, demonios y penumbras. No fue fácil lidiar con la idea de estar en silencio, sin los ruidos que una sociedad intoxicada de consumismo que ya nos tenía acostumbrados a callar nuestros dolores con entretenimiento efímero.

He visto poco la luz del sol en estos tiempos. Casi no salir a la calle fue quizás una exageración de mi parte pero quien en tiempos de pandemia tiene la capacidad de juzgar las actitudes y sentires de otros seres humanos. No existe esa posibilidad. No hay derecho a apuntar con el dedo.

Muy al contrario de mis grandes expectativas sobre el nuevo renacer de la raza y sobre todo de nuestro país, no pasaron ni 30 días desde el primer caso de COVID para que las cacerolas de los clasistas de siempre se hagan sentir al grito de queremos libertad, república y derecho a elegir, querían elegir por nosotros, los que nos cuidamos, aleccionarnos de como se debía gestionar la grave situación sanitaria por la que estamos atravesando. Ese fue el primer golpe de puño que recibió mi esperanza, pero no fue el único.

Entre las paredes que me acobijan y de las que no puedo ni debo quejarme, ya que muchos y muchas han quedado en el camino, sentí este proceso como una guerra donde el enemigo no se hace ver pero si se hace sentir en los hospitales, en los medios de comunicación, en la mala información, en el dolor de no saber cuándo termina y como termina esta batalla.

Atrás quedo el reconfortante ruido de los aplausos a los profesionales de la salud y comenzó la campaña del “confinamiento Mental” por parte de algunos ciudadanos queriéndonos conducir hacia el lado ultra derecha de la vida embanderándose algunos con la celeste y blanca al grito de “Queremos Salir”, “No nos dejan ejercer nuestros derechos ciudadanos”.

Como dije antes, no soy quien para juzgar actitudes egoístas en épocas de pánico pero parte de la sociedad pudo mostrar sus miserias en vivo y en directo por televisión, eso se llama “Libertad de Expresión” aunque nos quieran hacer creer que está en peligro. Ser terratenientes imaginarios de fortunas que no poseen y apoyando a empresarios de ética dudosa llenaron de odio los balcones, insisto… no voy a juzgar pero tengo el derecho de no estar de acuerdo con su postura meritócrata y mezquina.

Mientras algunos protestaban desde sus coches, otros en las villas, no romanticemos la pobreza diciéndoles barrios vulnerables, son villas. El nombre, aunque duela, también demuestra la identidad de su gente. Ellos no se hacen llamar vulnerables, ellos se autodenominan villeros, ¿por qué ni siquiera eso les dejamos poseer?

En esos lugares donde todo falta y donde mucha gente cumplió con el pedido de “Cuidarnos entre todos y todas” me pregunté miles de veces por qué cumplen, ellos deberían estar hartos de todo este castigo, pero ellos, los olvidados de siempre, los que no tienen nada material a lo que aferrarse valoran la vida por sobre todas las cosas, pero no tuvieron que tener una revelación mística en algún centro de meditación para darse cuenta , es lo más valioso que tienen porque durante décadas y décadas se los postergó, se los rebajó a la condición de sobrevivientes de este capitalismo inmundo que hace más rico al rico y ahoga hasta la muerte a los que menos poseen.

Las ollas populares en las esquinas del conurbano, la gente que se puso a coser barbijos y los donó o aquellos que se pudieron reconvertir metiéndose el ego en el bolsillo del delantal y ponerse a amasar pan con sus manos sí son el ejemplo de solidaridad de la Argentina que necesitamos. No aplaudo los comedores y las ollas, simplemente rescato de todo este desastre que la solidaridad resurge como un bálsamo para tanto dolor.

Los trabajadores esenciales con la mochila al hombro precarizados, los que ponen el cuerpo en los hospitales son algunos de los héroes que la historia, a veces injusta, no plasmará en sus libros de texto.

Aunque el pesimismo me cebó mates durante las mañanas, mientras mirábamos indignados las redes sociales inundadas de odios y enfrentamientos, cada día estoy más convencida que no vamos a ceder ante el discurso berreta y miserable de los que nos quieren robar los sueños. De todo derrumbe se puede reconstruir nuevos destinos, no es fácil ni instantáneo pero en algún momento tenemos que tomar la decisión como sociedad.

Los escombros de esta pandemia deben quedar en manos de los muchos, millones que queremos salir adelante, pero sobre todo los que queremos huir del callejón sin salida al cual nos quieren llevar pero no vamos a ceder, cuando la oportunidad se te presenta, cuando la mugre sale a la luz no queda otra que hacerse cargo, salir a las calles, tender la mano y dejar de mirar la vida por TV.