La xenofobia implica el rechazo a los extranjeros, a los inmigrantes, a todos aquellos que, buscando una mejor vida, escapan de manejos políticos a los que han sido sometidos o de los que no están de acuerdo. Implica el rechazo a los refugiados de la guerra infame o -simplemente- a aquellos que no se sienten a gusto en sus países de origen, y eligen otro destino en este mundo infinitamente grande, donde hay lugar para todos, pero de eso aún no somos conscientes.

Hay dos bacterias que al enlazarse generan esta tan grave y cotidiana enfermedad: ellas son el prejuicio y el temor a lo diferente.

El prejuicio, para entenderlo mejor y de manera sencilla, es ese juez interior, que con total soltura y tan falto de fundamentos, juzga lo distinto como algo peligroso, como elementos a exterminar para que estés a salvo y tus comodidades estén resguardadas.

El miedo a lo diferente es la angustia que se genera sintiendo al otro como un enemigo, alguien que no siente igual, que viene a arrebatarte privilegios, trabajo, tranquilidad. Ese temor se vuelve irracional cuando ese juez prejuicioso interno dicta sentencia y firma la condena sobre los inmigrantes basándose en ese temor imaginario, sin mediar la observación de las realidades distintas y difíciles por las que atraviesan a diario con el desarraigo.

Dentro de los extranjeros que habitan nuestra tierra, hay categorías que xenofóbicamente los ordenan según su país de origen determinando así a que se dedicaran en su nuevo país, o qué lugar deben ocupar en este mundo.

Aceptamos en ellos que ejerzan oficios preestablecidos según su etnia mientras que no nos incomoden en nuestros arcaicos preconceptos. Pero si quisieran ocupar sitios de poder o influencia, ya empezaríamos a sentir incomodidad porque no aceptamos que siendo “distintos” quieran romper los moldes y animarse a atravesar las barreras para vivir mejor; ejerciendo todo los derechos que se les otorga desde el momento en que pisan el suelo argentino, el suelo de toda la tierra.

Hoy la realidad nos muestra, por ejemplo, a cientos de venezolanos arriesgando su vida en las calles siendo el delivery de turno. Sin ninguna protección laboral, pedalean sus esperanzas para no dejarse estar en sus sueños y lograr conseguir el peso diario para pagar el alquiler, ayudar a sus familias que esperan y que siguen esperanzados desde lejos.

Muy distinto es el caso de los inmigrantes europeos. Siempre nos gustó mirar a Europa olvidando a nuestros pueblos originarios, esos pueblos que desearíamos dejar atrás pero nuestras raíces no se borran del ADN, nunca te olvides. Aunque reniegues de ellos, son los que cultivaron en la tierra la semilla de tus raíces y la desunión con los países de nuestro continente expresada en la discriminación. Eso nos deja débiles frente a los países poderosos, a lo que le es funcional la xenofobia para encasillar tu vida y tus roles en esta sociedad, no sólo dividida según el patrimonio que poseas, sino también de donde provenís te dará un mayor o un menor valor.

Mientras escribía este texto estuve pensando mucho si habrá cura para frenar el menosprecio que padecen los inmigrantes. Pensé que es difícil, pero recurro a ejercitar mi visión panorámica y pensándome viviendo en otro lugar, en otro espacio, adaptándome a su idiosincrasia, a sus costumbres, a sus comidas, a su gente, a sus aciertos y errores. Entonces creo que aún es posible frenar esa ola de violencia voraz o sutil ejercida por gente con miedo y apáticos.

Cuando ya no te reís del chiste fácil, no señalás al prójimo sino que le das una mano para que plante bandera en su nueva tierra, educás a los niños enseñándoles que en lo diverso se encuentra la riqueza y la cultura; quizás en ese preciso momento estemos dando el primer paso para avanzar sobre los mediocres que sólo ven tu color de piel, tu acento como único rasgo distintivo, sin entender que somos un todo en este planeta de diferentes, de seres solos buscando un mismo horizonte, un futuro más prometedor, un presente menos cruel y más inclusivo.