El ascenso económico vivido desde la segunda mitad de la década de 1940, el acceso de las clases trabajadoras a divertimentos que hasta entonces tenía vedados y el rol de los sectores medios como eje del consumo impulsaron la creación de espacios para entretenimiento social en la Isidro Casanova de entonces.

Remontando algunos años la historia, podemos decir que cuando el “Séptimo Arte” todavía no era un bien cultural de carácter popular, existió una experiencia bastante llamativa entre los vecinos que ocupaban las pocas casas que rodeaban la estación allá por la década del 30. En noviembre de 1936 el intendente municipal Agustín de Elía decidió que la Comuna debía proveer del esparcimiento necesario para los habitantes de La Matanza. Es por eso que se decidió invertir 25.000 pesos moneda nacional para la adquisición de un camión automóvil, cinematográfico, el que será destinado periódicamente a las distintas localidades del Partido exhibiendo e informando al vecindario de las disposiciones municipales y de las gestiones públicas de interés general. El vecino Aurelio Carbajo recordó con el autor de este trabajo la experiencia del cine-camión:

“En la calle Seguí, en la pared de la primer tienda que hubo en Casanova, la de Ferdinando Enjorbras estaba en la calle Seguí entre Tokio y Londres (Malvinas) el municipio enviaba un camión con el proyector. y el sonido para emitir películas. Ponían una tela en una pared grande de unos 20 metros y estacionaban el camión para proyectar la película. Era en forma gratuita y una vez por semana daban películas no tan viejas y eran todas de producción nacional”.

Este dato es corroborado por otros vecinos que se acuerdan que “era un furgón grande de color ceniza, nuevo para esa época. Comúnmente daban una película por día, empezaba medio temprano y repetían la misma rutina en distintas localidades como Gregorio de Laferrere, Rafael Castillo y González Catán”.

Pero a mediados de la década del ’50 la quimera de una sala de cine en el pueblo comenzaba a tomar cuerpo. Hasta esos momentos sólo San Justo y González Catán tenían salas de cine. Casanova tuvo su propio local por la iniciativa comercial de Aurelio Nistal y Emilio Rodríguez. Luego de dos años de construcción el cine se inauguró en el ’56 de la avenida Provincias Unidas (hoy Juan Manuel de Rosas), la parte alta tenía columnas con el nombre de la sala y el frente era vidriado con una entrada con puertas vaivén y un alero con vuelo sobre la vereda. Fue construido con las mejores comodidades de esos tiempos; al ingresar la entrada ofrecía un hall principal muy amplio con acceso a la planta alta por dos imponentes escaleras a ambos lados del hall. Quienes conocieron el cine recuerdan que “las escaleras estaban adornadas por vistosas barandas de bronce muy trabajadas”.

Luego de una ardua investigación, pudimos establecer la fecha exacta de la fundación del Gran Casanova. El Heraldo del cinematrografista era una publicación para los dueños de salas en la que se divulgaban los futuros estrenos, productos y servicios para el gremio. Esta revista, de apenas cuatro hojas, tenía reservada una columna para noticias breves, de allí, bajo el título «Cine Gran Casanova», pudimos rescatar lo siguiente:

“El jueves 18 de octubre de 1956 fue inaugurado el Cine Gran Casanova de Isidro Casanova (empresa de E. Rodríguez y A. Nistal) que cuenta con 650 plateas y 250 pullman, equipos de proyección y sonido Philips, pantalla panorámica y cuidados detalles de confort; con techo cóncavo para obtener acústica sincronizada, y se propone trabajar en primera línea presentando estrenos simultáneos con el centro de la Capital Federal”.

El Gran Casanova fue un lujo para la comunidad que estaba en pleno crecimiento económico y social; y tuvo una repercusión inmediata entre los vecinos que concurrían al cine de martes a domingo de las 15 horas hasta la medianoche. Cuando a principio de los ’60 el cine experimentó un pequeño bajón, Aurelio Nistal le compró la parte a su socio y quedó como único dueño del lugar.

Pero en alguna ocasión la sala también fue utilizada como teatro para la presentación de figuras como Elena Lucena, Enrique Serrano, Juan Carlos Altavista, Leonor Rinaldi, Tincho Zabala y Juan Carlos Chiappe. Desde su fundación hasta el año 1958 el furor hizo que el cine fuera el punto de encuentro de la sociedad casanovense. Después vino una merma lógica producto del entusiasmo perdido; y fue recién en el bienio 1970-1971 cuando sobrevino un resurgimiento de la actividad en rededor del cine.

El cine tuvo varias figuras que le dieron el acento local a este centro de encuentro social. Uno de ellos fue el primer acomodador, don René Anconetani. Quien, entrevistado por el periódico Casanova hoy en 2003, así revivía aquellos momentos:

“Yo trabajaba en la Textil Oeste y un día mientras venía en el colectivo rumbo a mi casa vi que se estaba construyendo el cine. Un día me bajé y hablé con don Aurelio Nistal y le dije ‘don Aurelio, el día que empiece a funcionar el cine yo quiero trabajar acá’, él me contestó: ‘No te preocupes René, el día que inauguremos, vos a vas a estar acá’. Según me lo contó el propio Nistal en determinado momento Emilio Rodríguez, que era un comerciante bárbaro, le ofreció un negocio a don Aurelio que repartía carne con una chata por las distintas casas y quintas de la zona. En esa época el cine era un buen negocio porque estaba de moda. Inicialmente los movilizó el interés comercial de un cine en una zona que no tenía y que además podía atraer público de otras localidades”.

Otro de los personajes centrales en el Gran Casanova fue José de Rosas, que además ser el programador, se encargaba de seleccionar y elegir las películas que se traían de las distintas distribuidoras. La encargada de la boletería fue Celia Viola (esposa de Aurelio), el primer maquinista fue José Lemes luego reemplazado por el Negro Bagnasco. El concesionario del kiosco, que estaba como corresponde a todo cine de la época en el hall central, fue Emilio Magottio y el caramelero que vendía en la sala era un tal “Pila” Ferreira. Anconetani agrega algunos datos de color de lo que sucedía en el cine: “Los días miércoles se denominaba “Día de Damas”, la entrada costaba cincuenta centavos y se proyectaban películas argentinas de Lolita Torres u otras. Los viernes, sábados y domingos se ofrecían tres películas con un estreno por función. También se realizaron ciclos tipo “La Semana de Gardel” con películas de El zorzal criollo“.

Recuerdan los que trabajaron con de Rosas, que el programador del cine era un excelente
negociador y sabía conseguir el estreno de películas bien taquilleras para Casanova antes que llegaran a San Justo, Lomas del Mirador o González Catán. Eso permitía que el público de esos pueblos eligiera el Gran Casanova antes que otras salas. Conseguía todas las películas que él quería, tenía una capacidad indiscutible para eso. Quince días antes del estreno ponía la cartelera con el afiche de las películas que se iban a estrenar para que el público comenzara a entusiasmarse con los estrenos de grandes producciones o de actores famosos.

Pero luego de ese breve resurgimiento de 1971, con alguna excepción como los “western spaguetti” con Ringo Wood (Giuliano Gema), el Cine Gran Casanova fue un eslabón más en la cadena decadente de las salas cinematográficas del país. La pronunciada merma en el poder adquisitivo de los argentinos y el desplazamiento del cine por otras opciones para el tiempo libre fue liquidando poco a poco este lugar simbólico para los vecinos que luego de la función se comían una pizza en la Montecarlo. Una vez perimido el furor, Aurelio Nistal le alquiló la sala a cuatro militares (César Guasco, Abel Casanova, Raúl Achinelli y Félix San Martín) quienes no pudieron remar contra la corriente.

En el año 1983 los militares dejaron la explotación del Cine Gran Casanova y allí tomó las riendas hasta el final el programador José de Rosas. En esa década el cine comenzó a sostenerse con la proyección de películas pornográficas, cine negro y las ya legendarias de ese símbolo sexual argentino que fue Isabel Sarli. Los filmes de la «Coca», con la concurrencia de adolescentes, se prolongaron hasta el final. Pero la muerte de de Rosas hizo que su hijo Luis junto a Hugo Viola continuaran al frente de la sala hasta 1989. Precisamente Hugo Viola fue quien confesó que cerrar sus puertas para siempre (guardando en su interior ilusiones, sueños y la presencia de sus butacas como testigos de cientos de historias imposibles de relatar) fue la única salida ante la imposibilidad de sostener económicamente el emprendimiento.

En los últimos años la sala se transformó en un templo evangelista hasta que el edificio fue demolido para otro proyecto. “Es la tristeza más grande de mi vida”, se le oía repetir a ese acomodador que un día se había bajado del colectivo para pedir trabajo y que 35 años después era testigo del cierre del Gran Casanova.

* Escrito por Alejandro Enrique, Subsecretario de Cultura Municipio de La Matanza, Historiador y Periodista