Así se ve la fachada actual del Cine Gran Laferrere. (Google Street View)

En la era de la globalización las salas de cine quedaron insertas en los shoppings como ha sucedido en casi todas las grandes ciudades del mundo. El filósofo francés Marc Auge denomina a estos sitios como “no lugares”;, es decir áreas de transitoriedad que carecen de configuración espacial y que son definidas casi exclusivamente por el pasar de los individuos. Sin embargo, aún se conservan algunos últimos casos que son verdaderos
testigos de otras épocas barriales con una identidad mágica y exclusiva.

Los espacios se transforman por distintas razones, económica o por cambio cultural. Y si bien muchos de los cambios que se producen en un barrio pueden transformar la comodidad de la gente, otros advierten que les hace desaparecer un lugar que cumplía para ellos una función de uso habitual.

Así pasó con el viejo cine de la localidad de Gregorio de Laferrere que estuvo ubicado en Echeverría 6160. Ir a ese cine barrial era lo cotidiano, y un lugar percibido como propio por vecinos, pues era lugar de entretenimiento y encuentro.

Su nombre, cine Gran Laferrere, ya indicaba que sería construido para estar a la altura de los grandes cines de la época. En 1958 y con aportes privados empezó la construcción.

Sus fundadores -tres al principio- Ángel Antonio Solomita, Severino Núñez Cores y Manuel García Castro, lo diseñaron para acercar a la comunidad el arte y el lenguaje cinematográfico y la cultura nacional.

Ni la tormenta que en plena construcción derribó paredes, impidió que la construcción avanzara. Hoy los hijos de Cores y Castro como propietarios actuales lo dan en alquiler a una institución religiosa. Previamente había funcionado como salón bailable, razón por la cual se retiraron las 640 butacas de cuero verde que fueron donadas a diversas instituciones.

El día de la inauguración estuvo presente la madrina del proyecto, la actriz y cantante Tita Merello, quien tuviera una casa quinta a metros del lugar. La primera película proyectada había sido “He nacido en Buenos Aires”. Todos los días se pasaban tres películas argentinas, aunque hubo momentos de gran suceso popular con 7 proyecciones diarias como pasó con “El Santo de la Espada”, vista especialmente por alumnos de escuelas cercanas.

Todavía hay gente que recuerda que aquel sitio era una buena opción para el encuentro
mágico de una función de cine, y lugar de referencia para familias, amigos y estudiantes.

*Por Adriana Fernández y Stella Maris Cabrera del IPCH-LM