La masacre de Nueva Zelanda no viene de videojuegos, sino de los mensajes de odio

La gravedad de las consecuencias de la nueva ola de mensajes políticos basados en el odio que circulan en los medios, las redes y toda la sociedad.

El aberrante atentado terrorista por parte de un supremacista blanco contra la comunidad musulmana neozelandesa impactó al mundo por un hecho en particular. El asesino transmitió la masacre por Facebook Live con una cámara GoPro en el casco, situando a quien mira en la mirada de un asesinato masivo real en primera persona.

La imagen remite al género de videojuegos de disparos en primera persona, en particular a su mayor exponente actual el Fornite, una franquicia (¿será red social?) que cuenta con 200 millones de usuarios de todas las edades que, día a día, se entretienen matándose a tiros en una plataforma virtual, e imitan los curiosos bailecitos que realizan los personajes en el menú de opciones. En los medios, el debate se centró sobre la influencia de estos juegos; y si puede provocar que dos nazis armados hasta los dientes entren a una mezquita y ultimen a 50 personas.

Una gran parte de la generación millenial ha pasado largas horas con este tipo de juegos, cuyo máximo exponente es el Doom, lanzado en 1992. Millones de personas expuestas a miles de horas a videojuegos violentos. Quien escribe ha participado de largas partidas multijugador de Counter Strike (1999), o gastado el teclado y el mouse con bolita matando nazis con el Wolfenstein 3D, (1993). Pero eso no tiene ningún asidero en la realidad.

Es una discusión que esquiva un problema de fondo que cruza a toda la sociedad: son más las personas que pasan gran parte de su día expuestas a mensajes de odio que circulan como fluídos cloacales discursivos entre medios, redes sociales y la vida real. De un tiempo a esta parte, en todo el mundo surgen referentes políticos de distintos matices de derecha que utilizan como herramienta el odio para llegar a su objetivo, evitando dar definiciones políticas. El odio es un tapón que sirve para esquivar debates sobre los problemas e implantar medidas impopulares, o candidatos a los que nadie los votaría si dicen lo que van a hacer cuando ganen.

Bad Hombre

El presidente Donald Trump utiliza el odio en las redes sociales como forma de generar consensos en sectores sociales y neutralizar a quienes lo cuestionan. Si el ícono de la decadencia de la Unión Soviética era un muro para evitar que sus ciudadanos huyan de la opresión comunista, la época actual estará signada por el muro xenófobo de Trump en la frontera con México, una obra faraónica que no solucionará ningún problema. En la región, hay que prestar atención a las consecuencias que traerá las puestas en escena de Jair Bolsonaro en la sociedad brasilera, empezando por la masacre de la escuela de San Pablo, ocurrida días atrás.

A nivel local, el Gobierno busca evadir el complejo panorama económico y las graves consecuencias en la inmensa mayoría de la población, hablando de inseguridad como lo haría un panelista de televisión. Mauricio Macri, imitando a su par norteamericano, tuitea como un comentarista de la realidad contra las leyes que se aplican ante hechos delictivos sin distinción. La utilización genérica de “motochorros” puede servir para un zócalo de TV, pero al usarla el Presidente abandona su lugar institucional, necesario para llevar tranquilidad a la población ante las dificultades.

Por más que un político busque hablar “como la gente”, no se puede dejar de lado la seriedad que tiene su cargo, ni dejar de ofrecer soluciones basadas en el conocimiento más que en la opinión. La ministra de seguridad (que además suena como compañera de fórmula en octubre) deslizó “el que quiera estar armado, que esté armado“. Si al odio además le ponemos armas en las manos, no busquemos excusas en los videojuegos.

Porque buscado o no, el resultado es odio. Y está a la vista de todos, en las redes sociales abundan personas enardecidas que a partir de determinadas opiniones, terminan pidiendo que maten a otras por distintos motivos. Más rústicos, como los del referente antimujeres Agustín Laje u otros más sutiles, como el desafortunado comentario de Cristina Pérez la utilización del odio para no ceder ante un argumento es el verdadero peligro que enfrenta toda la humanidad, como nunca antes.

En momentos como este no viene mal volver a ver la escena del experimento social que realiza El Guasón en la película “El caballero de la noche”, obligando a convictos y trabajadores a matarse entre sí. Afortunadamente, prevalece aquello que nos hace humanos.