© Viajera en Bondi

Y un día la mujer marioneta se dió cuenta de que los hilos que ataban sus muñecas eran limitantes.
Aquel día descubrió que esas ataduras eran sólo pensamientos, preceptos, mandatos. Ella no los había elegido pero sí podía decidir, ahora que estaba consciente, cortarlos. Destruirlos.
Ni las medidas, ni el estado civil, ni su cuenta bancaria, ni sus posesiones, ni los amores o placeres habían logrado llenar ese vacío que significa saberse prisionera de sus miedos, de sus más profundas inseguridades desde donde era manipulada para ser lo que se esperaba de ella.
Así que llegó el día donde a algunos de los hilos los rompió de un solo tirón. Otros los desenroscó despacio, pensando en cómo evitarlos en sus manos nuevamente.
En ese proceso sintió dolor por todo lo que tuvo que dejar en el camino, pero respiró un par de veces aliviada, corrió hacia el Norte y la angustia dió lugar a una sonrisa al saber que el peso en su espalda ya no era un lastre de gran tamaño que debía acarrear.
Se paró en la cima de su vida y vio todo el paisaje completo. Comprendió que todo aquello fue necesario para sentirse libre.
Porque esa libertad, la verdadera libertad, es comprender que fuimos oprimidos y que ahora no nos sacan nunca más de allí, de esa paz. Aunque nos hagan tambalear o dudar.
Si se da el paso hacia ese infinito, ya no hay vuelta atrás, y eso es lo que hoy elijo.