El hambre volvió a aparecer en la agenda política de la Argentina. Mientras en el Congreso se debate la sanción de una Emergencia Alimentaria, que entre otras cosas establece un aumento de partidas y de cupos para los comedores comunitarios, el número de familias que depende de estos lugares para alimentarse sigue en aumento. Matanza Digital dialogó con referentes de comedores y merenderos de diferentes barrios de La Matanza, que retrataron la difícil situación que se vive en los barrios.

Emilse Belizán trabaja en el Espacio Creativo “Manitas de barro” preparando la merienda para un centenar de chicos del barrio Nuestro Futuro, frente a Villa Dorrego, en la localidad de González Catán. Es una de las tantas mujeres que solidariamente trabaja para que los chicos y chicas del lugar en el que vive puedan acceder a un vaso de leche y a una comida.

“Nosotros empezamos en septiembre de 2016 con la idea era hacer talleres y una merienda de por medio, más que nada para que los pibes se sientan contenidos. Pero después nos fuimos dando cuenta que la mayoría venía por la chocolatada, el mate cocido o a esperar si quedaba algo para darles”, comentó a MD.

Tal como ocurrió en la mayoría de los comedores, en el último tiempo el número de chicos aumentó. Según explicó, Manitas de barro pasó de recibir cincuenta chicos a que asistan más de ciento veinte. “Cuando vimos a un nene esconderse facturas en la ropita para llevar a su casa, ahí vimos que estábamos sobrepasados”, aseveró.

En el barrio las necesidades son muchas, pero hoy en día el hambre pasó a encabezar la lista de problemas a resolver. Es por esto que en el espacio se están organizando para expandirse y comenzar a ser un comedor. “Tenemos doscientas diez personas anotadas para el comedor, y hay muchos que les da vergüenza anotarse porque nunca accedieron a un lugar así para poder ser alimentados. Quizás tienen una linda casa pero puertas adentro es otro mundo”, explicó.

El causante de la crisis en las familias es fácilmente identificable. “Es la falta de trabajo”, aseguró rápidamente la joven. “La mayoría en el barrio son changarines que trabajaban en la construcción, pero eso se fue perdiendo. La realidad está muy complicada”, lamentó.

Una situación similar relató María García, que integra el movimiento Barrios de Pie y coordina 14 comedores y merenderos en diferentes barrios de González Catán y Virrey del Pino. Hace tan sólo tres meses atrás, tenían 9 comedores funcionando, pero la necesidad de los vecinos los empujó a abrir nuevos puntos para entregar comida.

“Realmente hay hambre. Cuando llueve, por ejemplo, los chicos van de todas formas a buscar con una botella su leche. Te parte el alma. Los hermanos llevan a los más chicos para que puedan comer. Eso da mucha pena, por eso nosotros también estamos luchando desde hace rato por esta ley de Emergencia”, comentó a este medio.

En los comedores y merenderos que mantiene la organización asisten de entre cuarenta y ciento cincuenta personas de todas las edades. “No vienen sólo chicos y eso nos llama la atención, vienen muchos adolescentes y muchos ancianos también. Tenemos más comedores para abrir pero lamentablemente tenemos que frenar un poco porque Desarrollo Social no nos está bajando la leche. Y no queremos terminar haciendo lo mismo que la escuela: darles un mate cocido y un pan con un pedazo de fiambre, sin leche”, narró.

El desmembramiento del tejido social no es propiedad exclusiva de los barrios del sur del distrito. La crisis también llega al barrio Urquiza de Villa Celina, donde Celeste Grandi organiza desde hace cuatro meses una olla popular para darle un plato de comida caliente a sus vecinos.

El proyecto empezó como una respuesta a la necesidad. “Nosotros tenemos una cooperativa de trabajo y recibimos unas bolsas de alimentos que nos da el ministerio de Desarrollo Social. La olla empezó cuando la gente vio que bajábamos las bolsas y nos preguntaban ‘¿acá se entrega mercadería?’. Entonces ahí notamos que la necesidad era importante. Y una vez que empezamos con la olla se fueron sumando muchos vecinos”, explicó.

El relato de la vecina es un calco de lo narrado en otros comedores del distrito. La olla “Manos en acción” empezó cocinando para unas cincuenta y cinco familias, pero al poco tiempo superaron las setenta. “Ahora estamos haciendo para más de cien familias. Ya no tenemos un número de cuantos vienen a pedir”, indicó. Por el momento, se brinda comida sólo una vez por semana, pero la idea es poder cocinar todos los días.

“Nos encantaría poder dar comida más días a la semana. Porque vos le das a la gente lo que no comen en la semana, un pedazo de carne, un pedazo de pollo, incluso hemos conseguido ofertas de salchichas u otras cosas. Nos la hemos ingeniado con todo para que haya variedad en la alimentación”, agregó Grandi.

Mientras la crisis social aumenta sin alcanzar piso, la solidaridad de los vecinos y de las organizaciones sociales aporta lo suyo para que aquellas personas que se ‘cayeron del mapa’ tengan por lo menos una comida al día -o a la semana- garantizada. “Realmente ahora vienen personas que antes no te iban a pedir nada, que los veías con sus mejores zapatillas o celulares, pero que ahora necesitan”, cerró.