Las ruinas mayas de Palenque cambian el existir de quien las conoce. Ubicadas en la zona selvática de Chiapas, es imposible mirarlas y continuar inerte. Así me sucedió cuando estuve frente a esas construcciones magnánimas mirándolas, admirándolas y viajando en el tiempo. En mitad de la visita decidí subir al templo del Sol, la más alta de las pirámides de adoración. Con mucho esfuerzo fui trepando, entre la altura de los escalones y el calor incesante que me rodeaba, hasta llegar a la cima de aquel edificio tan imponente. Mirando hacia abajo tuve una sensación única: cerré los ojos, abrí mis brazos como si fueran alas y me dejé caer hacia el vacío que tenía adelante. Juro que floté, que volé, que caí cual pluma hacia el pasto verde de la base de la pirámide. Nadie notó mi magia, tan sólo yo y algún espíritu maya que me acompañó en tal transformación.