En un pueblo poco renombrado del sur de Brasil, conocí un grupo de niños y adolescentes del lugar que se divertían tirándose desde un muelle hacia el mar azul oscuro.

Después de cruzar tres carteles que prohibían el paso, estos seres repletos de vida se lanzaban al agua desde una altura de cinco o seis metros, dando vueltas en el aire antes de caer y soltar decenas de carcajadas tras el éxito o el fracaso de cada uno.

Tomaban una carrera de veinte pasos y navegaban al vacío, algunos con tanta habilidad que después de tres giros adelante lograban salir volando hacia el cielo o rumbo al camino de regreso a casa.

Intuí que ese muelle hacía posible tal magia y pensé que debía aprovecharla.

Sin más miramientos, corrí con todas mis fuerzas y me arrojé sonriente por uno de los costados de la piedra hacia el agua, hacia el aire, hacia la libertad. Naturalmente, caí de cara sobre el océano en el momento exacto en que comprendía cuánto me faltaba aprender de ellos.