El 27 de agosto de 1944 con la presencia del presidente Edelmiro Farrell se presentaba en la Plaza de San Justo oficialmente la Estatua del Libertador General San Martín, detrás de la obra estaba el escultor Santiago Chierico, sin duda para la ciudad, era un gran orgullo tener este monumento de las manos de este gran artista.

Dos años después Ramos Mejía verá emplazada la escultura de Domingo F. Sarmiento y su madre, ambos mirando a la estación del tren y dándole la espalda a la parroquia de Nuestra Señora del Carmen. Nuevamente el artista dejaba una obra en nuestro distrito.

¿Pero quién es este escultor? Chierico es el arte detrás de las obras arquitectónicas monumentalistas de Francisco Salamone en la Provincia de Buenos Aires, suyos son los inmensos cristos de Saldungaray y Laprida, suyos son los ángeles custodios del cementerio de Azul.

Chierico es quién creó la imagen de la Virgen de La Medalla Milagrosa, de 5 metros de altura ubicada en lo más alto de la cúpula central dominando el horizonte de Parque Chacabuco, es el autor de “la cautiva” que nos desafía en avenida Rivadavia desde la plazoleta Bellini en Floresta.

Este prolífico artista es uno de los grandes representantes de su época, en donde el poder buscaba significarse en un conjunto de símbolos que reafirmaran su carácter. El Estado fuerte, católico y agroexportador, sostenido por su ejército y sus héroes inmortales en el bronce.

Un joven Chierico escribía en 1929 para una revista de arte: “…en las obras de arte plástico se enuncian ideas y se expresan sentimientos, susceptibles de alcanzar las formas supremas de la claridad; que no pueden ser sino la de una realización perfecta”.

Las ideas del Estado conservador de los años 30 y 40 que Manuel Fresco representara tan bien en la Provincia de Buenos Aires o los intendentes en La Matanza como Don Luis Satragno o Don Agustín D’Elia, propietarios y hacendados.

Un país en dónde muy lejos habían quedado las luces populares del Yrigoyenismo y dónde aun todavía faltará un tiempo para la emergencia de las nuevas clases populares de la mano del peronismo.

Pero el joven Santiago Chierico nos hablaba también de la expresión de sentimientos, de la búsqueda de la belleza y la perfección, y el artista debe ser rescatado de las circunstancias de su época, su obra, trascendente y bella hoy nos observa desde nuestras plazas, de las mismas en las que disfrutamos el sol en otoño y nos manifestamos para festejar o lo hacemos buscando la claridad de las ideas y el camino de la justicia. Don Santiago murió en Buenos Aires en junio de 1974, en un país muy distinto.

* Escrito por Sergio Laurenza, profesor en historia e integrante del Instituto del Patrimonio Histórico Cultural de La Matanza.