A diferencia de lo que ocurre con la situación de Venezuela, la agenda internacional invisibilizó de sus temas la profunda crisis social, política y económica en la que se encuentra sumergido Haití.

La oposición al gobierno de esa isla del caribe comenzó una serie de manifestaciones el pasado 7 de febrero, que contó con enfrentamiento y un saldo fatal de 9 personas fallecidas. Luego de una tregua de algunos días, los opositores llamaron a retomar las movilizaciones el próximo 21 de febrero.

El pedido principal es la renuncia del presidente Jovenel Moise, un empresario del sector bananero que no pudo implemetar del todo su plan de ajuste que incluía el aumento del precio del combustible en un país con más del 60% de la población debajo de la línea de la pobreza, según el Banco Mundial.

En julio de 2018 anunció un incremento en el precio de las naftas, pero la gente ganó las calles y se dio marcha atrás con la medida. Aunque también se registraron serios incidentes.

El 2019 se abrió con una devaluación del Gourde, la moneda oficial haitiana, y una fuerte alza de precios del 15% en una economía donde cada habitante cuenta con poco más de 2 dólares por día.

Castigada también por los desastres naturales, Haití no logra resurgir como nación y no cuenta con la atención mundial necesaria para recibir ayuda humanitaria como otros países en crisis.

El hecho de que la isla caribeña no cuente con recursos naturales ni una ubicación geoestratégica en el mapa hace que no despierte el interés de las grandes potencias en intervenir.